Colaborativo Prematuro.
«Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me
fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo
es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo
mejor en segundo lugar es para ti -morir pronto». —Friedrich
Nietzsche, El nacimiento de la tragedia.
Vacuidad del ego y sus misiones
Lo gris de sus visiones
Manifiesto en contra la cuenca anodina en el
paraninfo.
Cuenta la historia dentro de la cuenca anodina en el paraninfo, dentro
del período de un año y meses transcurridos. un teatro coloquial y poco armado
luego de un mes superado por catástrofes naturales que coartaron el curso de
los actores y el escenario. Basada en la empírea de Medusa y Hera: una
tragicomedia por excelencia, banalidad por suficiencia. Una encantadora alegoría
a la masa de borregos, lobos, cazadores, nínfulas en sus alrededores y malos
actores. En fatalidad de vestimenta, que a la costurera no alimenta, pedimos
que se mejore la iluminación, la utilería y la ornamenta. Pero a los borregos
no tanto, pues esos trapos no piden encantos, más la seda no pide tacto, sino
cognición y esplendor al observador.
Un teatro verídico de espanto, superfluo de sentimientos e inestable de
emociones, puestos a nuestros sentidos como chatarra, digno de calificar como
comedia instantánea y barata. Ha de ser calificado por el dios Momo, como un
entretenimiento demasiado banal, incapaz de ser considerado como la mejor obra
en materia burlona. Una puesta en escena que hace sentir a cualquiera como un
ciudadano concurrente en la cuenca considerada el pañuelo de actores y
distractores. Un surtido de personalidades -dignas de psicoanálisis, otras
merecedoras de catarsis y las honorables de risotadas afables- con la
concurrencia de formalidades y sátiras, acompañadas de fieles espectadores que
esperan con gustosa paciencia el cierre final de los telones.
BORREGOS
Cara y sello de una moneda, dentro de una fuente y un pozo de mala
suerte.
«La mayoría de las personas son como alfileres: sus cabezas no son lo
más importante».
—Jonathan Swift.
Pobres seres sometidos a un estereotipo demasiado común para tomarse en serio. Por lo general andan juntos y dependen unos de otros. ¿Qué dos, tres, cuatro, quizá cinco cabezas piensan mejor que una? ¡Vaya error! Si una sola puede arruinar un plan completo, ¿qué les hace pensar que muchas más lo van a mejorar? Lo siniestro no es trabajo de cientos. Es absurdo el bataclán de los rebaños con su vehemente verborrea, pues solo hace daño y condena al espectador ilusionado. Yo no he pagado por esto, se escucha provenir de un asiento trasero. He visto mejores puestas de escenas aun viniendo de teatros de mala clase, agrega alguien a lo lejos. Con estos borregos no se encuentra más que diarrea intelectual, mucha irracionalidad en ese soso andar interpretado en escena. Pero, objetivando el tema, la realidad los delata y declara como seres demasiado inocuos y aburridos. Molesta esa tonta presencia y sus miradas de animadversión casi atemporal que chocan con la escena. La animosidad de esta especie animal es tan absurda que provoca mofarse, sin llegar al extremo de convertirse en hienas que se ríen de la tragedia ajena, pues no es propio de lobos, cazadores, nínfulas e incluso malos actores perder la categoría en medio de la escena. Otra vez arruinándolo, dicen muy bajo. ¡Inútiles! ¡Es hora de que se bajen de ese carro de ilusión! Las nínfulas emiten un sonido parecido a una risa entremezclada con burla. Quién diría que semejantes seres indefensos y llamativos podrían ser tan crueles. Los borregos chocan unos con otros al escuchar el sonido aterrador de las carcajadas del público. Algunos caminan aturdidos y hay conmoción en todos los presentes. Casi podría llorar, dice con tono irónico una cazadora. Algunos borregos emiten un sonido de pánico cuando escuchan el gruñir de los lobos, quienes relamen sus hocicos absteniéndose de seguir ciegamente sus instintos. No puede haber tanta irracionalidad en unas cabezas tan estratégicas, dice un lobo mientras la saliva le baja por el cuello. A pesar del hambre, el pánico de los borregos tiende a ser más placentero. Es casi neurótico, pero el olor del miedo parece deleitar más que masticar sus cuellos. ¿Cuál es la mejor forma para destrozarle esa yugular? ¡Humillación! ¡Burla! ¡Arrebatémosle el pelaje! Dejarlos desnudos frente al público es suficiente. Son demasiado estúpidos, causa hasta lástima quererlos matar. Lo fácil nunca es atrayente, es mejor dejarlos escapar. Los cazadores se miran entre ellos y reposan encima de sus escopetas. Uno de ellos se ríe desde un segundo piso, en vista a ese círculo repleto de individuos y se le pasa por la mente dispararle a un borrego. De algo nos tendremos que alimentar. Y de pronto, en el cuerpo de los borregos, aparece un color parecido al del vino añejo.
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