Acción fantasmagórica a distancia...

-Acción fantasmagórica a distancia-.

Es extraño pensar y escribir todas las cosas que me dijiste. Todo fue real, y así lo sentí. Más aún con esa gélida y devastada sensación que siento por ti, al momento que trato de recordarte se torna como un niño tomando arena de su mano para hacer un castillo; se deshace. Siento que un somnífero calma mi dolor, la morfina de mi corazón y psique que me sacia después de cada lágrima que se vierte en mi cara, ropa y pañuelos. Con lo gélido que estaba mi ser y habitación, me tambaleaba el cuerpo cada vez que intentaba salir de mi cama, tanto como el frío de noche de playa cuando uno sale a caminar.

El día de tu partida, lloré en la madrugada de la nada, escuchando una canción sobre una cabina de fotos. Pensé en ti, y recordé que querías una sesión de fotos para enviárselas a tus familiares del norte del país. Era un cover de Death Cab for Cutie, el que yo asimilaba con lo condescendiente que fuiste, lo que quedó en un documento –el que en una visión sentí que era uno forense–, el aire frío que pondría lejos a tu corazón duro y que era tiempo de avanzar y empacar ropa… con eso, menos pude dormir bien. Parecía una escena de la película Brick.

Lloré y lloré cuando me enteré. No lo pude creer, hasta el punto que mis ojos quedaran rojos. No quería que nadie me viera poniendo lágrimas en un pozo que lentamente se llenaba. También lloré por lo dura que fui al no hablarte y enojarme, mas al no querer ni acercarme ni hablarte sinceramente sin ánimos de destrucción. Con esto, sentía semanas antes que estas fechas serían difíciles para mí, en especial la de nuestros cumpleaños. Ya no podría verte nunca más, menos sentiría tu presencia a distancia.

Ahora trato de pensar en ti y no me da la pena de antes, esa que me duraba muchos minutos en tratar de sacarla así con pañuelos de colores de la boca, de esos grisáceos, que salen cuando lloras mucho y se te hinchan los ojos como sapo. Este era el somnífero que mencioné antes, siendo distinto al día que me enteré de tu muerte, al de tu velorio y siguientes… Quizás era mucha tranquilidad, la misma que expresaba tu familia con la que sabían de mí. De lo que les contaste; en especial tu hermana que se llama igual que yo. A la que querías proteger y me mirabas a través de ella. Jamás olvidaré eso, como le hablaste bien de mí, de la “pelea” que tuvimos hace casi un mes atrás… De que fui alguien importante para ti, alguien que mencionaste y no fue pasajero de tu tren.

Para mí, sinceramente, de lo corto y poco suficiente que te conocí, fueron significantes. Esos momentos y conversaciones que teníamos, atrapados en fotografías fantasmas que trato de reproducir en mi cabeza, que no volvían a ser lo mismo ya, demostrando al final lo tímido que eras haciendo tantas preguntas… y que al resto no mostrabas y te mimetizabas, probablemente para caer bien y no sentirte solo. Es verdad, porque un día te dije que siempre me sentía sola, a pesar de estar rodeada de gente. Tú me dijiste que sentías lo mismo, que no todos podían comprenderte. Después me lo mencionaste ese día antes de una prueba oral de Romano. Te respondí que no fui a verte y lo sentía. Ahí me di cuenta que ya iba a dejar ser lo mismo. Nuestros caminos fueron rozados, resultando sincronicidad jungeana. Más de lo que me dijiste sobre por algo nos habíamos conocido, o que yo era a la persona que buscabas. Luego de un tiempo no fue así, sólo nos sentíamos a distancia, sin necesidad de ser rozados, pegados y cacheteados por la realidad.

Noté más de eso, aquél día que sin decirme nada, sólo me mirabas. Denotabas un lenguaje corporal forzado cuando estaba cerca. Sí noté esa mirada que me clavaba, y mi amiga me manifestaba sus movimientos. Le dije que en verdad no me importaba –en verdad sí porque después preguntaba qué rayos– que tampoco me dirías nada tras una semana que dejamos de hablar, luego de borrar tu contacto de mi lista.

De la razón de por qué lo hice fue simple, no quería ser tu amiga. Menos con esa falsedad, ademán de superioridad, y esa frase que me dijiste hace un tiempo atrás de: “No podemos ser amigos, los amigos son meros intereses”. Me pregunté el “interés” por semanas, recurrí a gente –casi no suelo pedir ayuda de ningún tipo a terceros– para consejos, te observé durante semanas esperando y sacando respuestas, estudiándote por todo ese tiempo. Quería saber qué pasó, de la toma de esa decisión. Mi amiga concluyó que no querías perderme, yo sólo pensaba que me querías en tu “zona de control”, ese tipo mafia italiana “mantiene a tus amigos cerca, y a tus enemigos más cerca”. Sabía que no cambiaría nada, ya no era lo mismo. Eso quería decirte ese día de la “pelea”, pero me congelé.  Me hiciste un teatro barato y burdo, el cual no podía aceptar con semejante “amistad”. Ya era el tiempo de alejarme, el mismo que sentía cuando conversábamos y te decía con signos de interrogación en mi mente, del por qué lo harías… Me surge también con esa petición indecorosa que me hiciste, sabiendo como yo soy.

¿Eso fue? ¿De eso vale objetivar a los demás y a ti mismo? Caíste en la misma trampa que le decías a tu “amigo ingenuo”, el cual, preferiste creerle sus artimañas y falacias. En vez de ser valiente, y luchar más que lo material y absurdo, de este teatro.

Algo noté cuando te vi este año. Tú habías cambiado, actuabas extraño y distinto. Comenzaste a fumar –me dijiste que nunca fumara, ni marihuana ni tabaco–, tus juntas empeoraban, todo un panem et circenses para tu existencia. Tus amantes multiplicaban, –algo que me confirmó la polola de tu amigo– y no podías mantener. Y que te estabas sacando notas pésimas este año –y el anterior cuando nos distanciamos– lo que provocó una competencia y sobreexigencia personal, un estrés que te mató. La tomadera, las pastillas, el insomnio, la rutina, el “peso” de lo que tenías que hacer, de lo que te diera de comer, tus vagas y vacuas amistades que no lloraron por ti e iban como exhibición de algo que no era importante. Toda la realidad te iba consumiendo, hasta que reventó en ti y no alcanzaste a salvarte. Apenas a pedir ayuda.

Ni menos la mía, lo que me duele.

Más me llamó la atención que cambiaras de cara cada semana, en una sala de espejos que yo jugaba a corretearte y descifrarte. “No te conozco cuando te saludo”, “no te miro  a la cara”, “ya no quiero hablar”, “cuando te veo no saludas”, “te doy la espalda cuando estés cerca”, “seré falso”, “seré condescendiente contigo”, “sólo te miraré”, “ya no te buscaré” y el acto final de “ya no me importas”.

Todos esos espejos de ti y yo sólo quería saber tu quid. No quería destruirte, te lo repetí. Nos dijimos eso hasta nuestra última conversación. Quería conocer al verdadero tú, quizás era el mismo que me habló de sus problemas, el mismo que reía conmigo –y de mí a veces–. Aquél que me hablaba todos los días y me ayudaba a estudiar. Ese que escuchaba música conmigo –no voy a mencionar cuál porque me avergüenza escribirlo–. Ese mismo que me habló de su familia, el que me di cuenta que tenía los ojos de su madre, el que tenía un aire aguerrido que siempre valoré por lo que era, más allá del físico. El que notaba siempre mi presencia, celebraba mis torpezas y sus logros junto con los míos. Ese mismo al que solía conocer, que me miraba siempre con esos ojos castaños. Aquel que un día sané con la energía de mis manos y luego enfermé. Ese tipo que me decía “niña”, y al parecer le terminaste gustando. Eso no lo sabía. ¿Te gusté?, ¿estabas confundido porque querías a alguien que escuchara tus problemas? ¿O ambos? Porque quién te estima y quiere, solo te desea lo mejor, independiente si se aleja o no y de sus posiciones ideológicas. Y para responder también que esto habría funcionado, lo de ambos. Toda la jerarquía de la relación, siempre con honestidad y comunicación. Cosa que pensaba reestablecer, esperando a que meditaras y sopesaras la realidad. Pero al parecer, ya no existían más partidas a las cuales pudiese jugar. Lo mismo que dijo mi amiga, “se cansó de intentar”.

No lo pensé en su momento, siempre deje claro el carácter epicúreo de nuestra relación –si  pudo haberse llamado así– que mencioné el primer día cuando conversamos por largo tiempo. Un día antes de mi cumpleaños, todavía lo recuerdo. Me hablaste de esa arenosa, la cual que me pediste hablar con esa tipa. Después te diste cuenta de lo hueca que era, y lo podrida también.

Ab imo pectore, estaba confundida, con miedo y absorbida por tu ser que me alejó. La jaula, el queso y las paredes de mi laberinto fuiste… un duende en el bosque jugando, huyendo luego del bosque incendiándose. Quizás esos pequeños seres sabían y predecían el fin con la  acta est fabula.

Ese sueño quiebra vasos, de hace dos semanas de una socia. El gladiador en un coliseo romano, con una espada atravesada en su pecho y sus manos amarradas, y una doncella llorando por este suceso. Andrea, ¿por qué haces eso? Tú no querías eso. —la socia dice eso. Y él con un «menos mal». Yo llorando y llorando…

Lo segundo, un sueño que no recuerdo con él, donde conversábamos como antes y me decía que estaba arrepentido. La primera y última vez que soñé con él y apenas recordé.

Otras dos semanas, cuando hablaba con un amigo del extranjero. Me contó que el único compañero que tuvo fue su amigo que murió de sobredosis cuando él tenía diecinueve años. Todavía lo recuerda como su partner. Siempre me pasa que hablo con él, y al tiempo después las predicciones saltan y cosas pasan… Es extraño eso.

Me despido con este regalo en tu día, donde cumplirías veintiún años. Acta est fabula gladiador, el telón se ha cerrado, las luces se han apagado luego de este teatro del que solía hablarte. Simplemente no esperaba despedirme de esta forma, pero fue mi tipo de arte que no conociste. Veía que serías feliz con una familia de tres hijos, fiscal militar o un buen abogado. Tanto tu familia y yo, habríamos estado orgullosos de ti. Habrías sido muy feliz en tu universo paralelo, feliz sin mi intervención.

Con todo esto aprendí que tu ego lo ataba la soberbia, que te enceguecía con tantos logros que tuviste, y que cada derrota no supiste sobrellevar. Inteligencia tenías, no una emocional que te ayudara a equilibrar la fanfarronería de tus amistades, con lo personal que necesitabas; un espacio. Uno para meditar y canalizar energías. Por eso te dejé solo, y ese día de la “pelea” me dejaste elegir como dijo mi amiga. “Piénsalo” esas fueron tus últimas palabras, mientras yo me iba indignada tras esa “bofetada mental” que me hiciste pasar, sintiéndome estúpida por tener semejante amigo –si se pudo decir– y si lo fue. Fui sincera, te apoyé en todo lo humanamente posible, pero no escuchaste. «No hay peor ciego que aquél que no quiere ver ».

Es así, si al final me hubieses querido en cualquier nivel de relación, me habrías respetado al cien por ciento. Respetado mis espacios, respetando mi libertad; mi ser. Si te importase, no me habrías dejado ir, hablarías y sacarías mucho peso de tu pecho. Fuiste un cobarde, enceguecido por su ego y embriagado por el vacío. Por eso te dije: “Fuiste vacuo, vacío. No me lo creí”. Observaste tus lamentos como borrego, sabiendo que lo bueno no te dura o se te escapa. Resultaste ser un gladiador de plomo, pero pensé lo contrario. Alguien decidido, atento, honesto. Fueron los leones que tenías adiestrando y alimentando los que te mataron. Un ego destruido ante mis ojos, por eso no podía atacarte; eras tu peor enemigo. Un enemigo que no aguantaba la soledad y la rutina. Pero necesitabas equilibrarte y no acelerarte. La paciencia parece que no fue lo tuyo: éxito pasajero y gloria de ruido. Habría sido mejor ser una artista  en tu vida… Destruir tu sistema y dejar que se construya con oro, tal como un kintsukuroi. Me lo impediste. Habría sido genial seguir hablando y escribiendo, pero ya no me quedan más deseos que verborrear estos sentimientos; el magnum opus de la plétora de la sacerdotisa que al parecer te gustó.

Este habría sido mi regalo de cumpleaños o despedida. Espero imprimirlo y quemarlo en pedazos. Quería arte. Pero quedé corta, tonta llorándote. De quien no le importé en lo absoluto.

Ya fue, y es hora hasta una próxima oportunidad. Dentro del limbo te encontrarás, luego te reencarnarás… y sufrirás de nuevo.

Adiós.

El tiempo no espera, es hora de avanzar.



Comentarios

Entradas populares