Fatal.. dos


                                                        

                                                                                                
                                                        2

Ponderéis peso entre el pináculo forzoso, o un juego con la muerte… ir a negociación…

Ir a…
Te escuché, tú me viste.
“Barroco ilegible,
Desde un dirigible”.

Hoy tuve un sueño con la muerte. Primer plácido y no psicótico… me sentí mejor desde que fue en el bosque que hay cerca de mi casa. Casi un sentimiento hogareño mezclado con un arrebato infantil. Sólo que mi agonía me hacía sentir senil. Jugar una partida de ajedrez en el tronco de un árbol caído fue tan lúcido, que pude recordar la conversación:

—Me viste en el salón de espejos,  tú que me mirabas desde un panóptico. Para sentirme acorralado y paranoico. Y es primera vez que te veo, tampoco era necesario empalagues mi ser, que lo odiara ver. Que te odiara ver. Si sabes cómo me siento.
—Deja que te explique— esbozó.
—Mi intención es negociar,  pero tú deseas hablar. Saber respuestas, pero no hay apuestas.
—Ah, ¿sí? Deberíamos pelear— le grité.
—Insisto en negociar. Juguemos una partida de ajedrez.
—Estoy muy compungido para eso, ni un sinónimo me haría eso.  No soy tu queso, gran depredador felino. Tú no tienes tino.
—Escoge una mano para eso, si tú tienes buen seso para eso. —Me dijo.
—Quiero esta— respondí.
—Muy bien, es blanca. Como tu pijama.
—Negra era de suponer la tuya. ¡Aleluya!
— « ¿Qué ni tu seré? Entre tu Juan Cid que quedé…»
— ¡¿Qué rayos fue eso?! —Le grité. Supe que ahí comenzó la partida.
—Acabas de perder a tu peón y tu caballo… jugando contra mí. No ganarás. Menos en el medio de un bosque. ¿Por qué no escogiste otra locación? Sabes que soy muy bueno en combates de este tipo.
—Lo sé. Pero pensé que sentirías miedo y desolación, un poco de tristeza y compasión… ya perdí dos veces contra ti, pero me has perdonado. Ni idea cómo. Creo porque sabes qué es sentir el metro cuadrado, demasiado cuadrado. Ansiedad, exasperación, agorafobia, claustrofobia. Muchas fobias. Pero te pregunté qué rayos fue lo que dijiste… y no respondiste.
—Si sabes cómo jugar esto, responderás y resolverás eso.
—Pues bien, no tengo la más mínima idea... Tengo la sensación de que te caigo bien solamente. Tras mis dos recaídas de salud, no han sido un suicidio. Mi compañera Helen lo predijo; me encontraría contigo.  A ella no le perdonaste por sus intentos y menos sus recaídas de salud. ¿Por qué yo sí?
—Por la simple razón de que tienes tiempo de tu lado. Tu compañera sabía desde ya cómo iba a terminar; por falta de tiempo. Muy simple. Deberías concentrarte en tu juego.
—He perdido a casi todo mi ejército… me quedan dos torres, tres peones, un alfil. Mi reina cayó en combate.
—Una lástima, eh.
—Ya, me rindo— suspiré.
— ¿Alguna última palabra?
—Sí, quiero tener un último día.
—Te lo iba a dar de todas formas… ¡Jaque mate! Muy buen combate.
—Doy asco— le dije.
—Has mejorado y se notó.
—Algo. Me despido cordialmente de ti, muchas gracias por conversar conmigo. Al menos, sé que te veré y tendremos más partidas.
—Igualmente. Y eso lo veremos… es cosa que lo ponderéis.

Me despedí, creo que lloré. Estuvo de muerte, me tiritaba todo el brazo al jugar y mover una pieza. En este sueño al final, sentí mis típicas palpitaciones. Volví a lo real.
Siento culpabilidad de no hablar de mi enfermedad con los demás y esconderla por tanto tiempo. Helen fue una gran compañera, porque sentí la empatía, como ella decía que teníamos “grok”.
Saber de mi falta de litio es importante como mis delirios, lo que permitió que nunca desarrollara un tacto social por así decirlo. Para que decir de mi síndrome… estoy exhausto del mismo casete, VHS, disquete…

De pronto, oí un ruido.  Era un alce. Me sentí maravillado de escuchar a mi amigo antes de que entrara mi psiquiatra y llevara el cuaderno para la revisión diaria.

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